-Pónganse cómodos en sus asientos, lo más cómodos que puedan...
Muevo el trasero, jalo las piernas, enderezo la espalda. No, estoy muy rígido. Me hundo en la silla y de forma muy consciente, evito entrelazar los dedos o cruzar los brazos, lo cual cerraría mi espacio emocional. Así está mejor.
-Ahora respiren, inhalen profundamente. Exhalen. Otra vez...
Cierro los ojos, trato de concentrarme, de enfocarme. Mi cabeza comienza a dar vueltas. Bueno, a lo mejor no me da vueltas, pero seguro se mueve.
-Piensen en un lugar que les guste, un lugar en el que se sientan cómodos, donde prefieran estar...
¿Qué lugar puede ser ese? A ver. Me voy a la derecha de mi mente, hacia el noreste otra vez. Ahi está. Estoy en un lugar a orillas de un lago (no falla). ¿Debería estar lloviendo, para sentirme protegido en el zaguán? No. Es un día sin lluvia.
¿Qué estoy haciendo? Escribo, en un cuaderno. Algo que no hago casi nunca. ¿Con quién estoy? Con ella. Ella está conmigo. Lo malo es que "ella" es una imagen borrosa, ¿Será acaso porque no la conozco? ¿Porque no se quien es? Pero sí, es un lugar fuera de la ciudad, naturaleza alrededor, calmado, soleado y tibio. Un lago limpio, cristalino.
-Sientan que están disfrutándolo mucho, que no hay preocupaciones, un lugar donde quieran estar...
Súbitamente soy niño otra vez. Ahora es una casa concreta. La finca (insisto, no falla). El olor a madera de la casa, otro olor no se de qué pero un tanto dulce. Estoy en el piso de abajo, entre el comedor, en el que a veces ponían aquel "boquitero" con la bolita de vidrio, y la sala con los sillones grises y aquel tapete de ¿toros? cubriéndoles el respaldo. Afuera, la verde grama bien cortada que rodeaba la casa, los árboles un poco más allá, antes de bajar al lago. Ah, y la "estatua" de flamenco rosada y medio despintada.
Si, ahí fui feliz. Mis papás se ocupaban de nosotros, mi mamá siempre pendiente que no nos faltara nada y mi papá en su rol de guía y cabeza de familia. Mis hermanitos y algunos primos, de seguro buscando sapos bajo las piedras a la orilla del lago, talvez bañándose en él o a lo mejor jugando cerca de la casa de Toledo y la Ramona; allá por el gallinero.
Por ahí andan también la abuela Gloria, a lo mejor cocinando con mi mamá, o con la Margarita. La cocina olía diferente, a lo mejor por la comida. Ahí dizque ayudé una vez a la Olguita y la abuela Cony a pelar papas. Dizque.
El olor del perfume de la abuela Cony y sus pujiditos al hablar, no se bien por qué. Recuerdo que a veces cuando estaba de pie, juntaba sus manos detrás de la espalda. Y la voz algo raspada del abuelo Sali, su sonrisa medio de lado, y señalaba con el índice. Ambos, claro, cuidándonos a todos.
El Land Rover (razón por la que me encantan esos carros), en sus últimos días siempre guardado en aquel garaje. Los árboles de fruta de la parte de atrás de la casa. La bomba de agua a la orilla del lago, que surtía el depósito que estaba cerca de la cocina.
La botella de Agua Salvavidas -de vidrio en aquellos tiempos- que había que balancear para sacarle agua. El cuadro aquel de la inquisición (que nos daba miedo) en el cuarto abierto del piso de arriba. La marimbita y el barco blanco de madera sobre aquella repisa. El mirador, donde muchas veces almorzamos sardinas, frijoles, curtido y coca. El rótulo azul de TACA que decía "This seat is occupied!" y que el abuelo tenía en el baño.
El picop Datsun blanco, el caminito bordeado por piedras que daba al lago, los cactus en el otro extremo. Las pozas de agua caliente en el "terreno de Mariíta", a la par. La playa pública, a dos terrenos de distancia.
Los tíos que llegaban de visita el Sábado de Gloria, había boquitas, había guacamol, había cerveza y guaro. Se sentaban en los pedazos de tronco que estaban en el zaguán y que hacían de bancos. O en la banca roja. Se ponían a contar chistes, siempre bullangueros, siempre alzando la voz. Las macetas colgadas en el frente con "Cola de Quetzal" y otras plantas que ni conozco el nombre.
La tía: "Esto podrá ser Gallo Light pero yo ya estoy a v*rga!"; nuestro temor porque "Salva nos llegaría a pegar para que creciéramos"; los patojos queriéndonos comer las boquitas -tortillitas y bolitas-, pero solo un poco porque eran para los adultos que tomaban. Aquella pobre culebra negra que Salva mató cuando fuimos a aquellas ruinas que quedaban cerca; la tienda donde comprábamos.
Estoy ahí. Percibo los olores, las temperaturas, los ruidos, TODO. No lo puedo evitar y dejo escapar la primera lágrima, que me recorre la mejilla derecha. Así que esto es para mí la felicidad. Esos tiempos en los que había muy poco de que preocuparse. Donde siempre había alguien ahí, para uno. Tu papá, tu mamá, tus abuelos, tus tíos. La familia.
El ejercicio continuó con otras ideas similares, y ahora me resulta obvio que en el futuro, yo solo quiero regresar a la casa del lago. Volver a estar ahí; sentirme otra vez ahí. ¿Qué mas quiero que estar escribiendo, disfrutando de un clima maravilloso en un ambiente familiar? ¿Atitlán, Petén Itzá? ¿Por qué no?
-Poco a poco imaginen esta habitación otra vez, los escritorios, el reloj...
Mañana hará un trimestre que vine a Canadá. Y hay días en que por mucho que racionalice y piense en todas las ventajas, esto del desarraigo se me pone muy difícil... Mierda., ahora sólo quiero limpiarme los ojos antes que los demás abran los suyos.
Quiero seguir buscando,
quiero seguir llorando
y no sentirme mal.
-Aire, Bohemia Suburbana
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
miércoles, 11 de agosto de 2010
Paraísos personales
Etiquetas:
abuelos,
desarraigo,
familia,
finca,
lago
martes, 1 de junio de 2010
Conversación en el bus
Salí del motel en Surrey ya casi a la hora de comer. Como todos los días en esta ciudad, el ambiente estaba frío y el cielo gris.
Luego de montar el bus y pagar los C$2.50 en la cajita esa que sólo acepta "exact change", caminé hacia adentro. Me senté distraídamente en uno de los lugares del medio, tratando de ajustar el volumen del iPod (Rock en español, por supuesto). En esas estaba cuando me dí cuenta que mi vecina de asiento me veía con curiosidad.
De verdad no se cómo no la noté antes, siendo que tenía rasgos latinos y considerando también que la mayoría de residentes en Surrey es hindú. Aquí el curry en la cocina, y Prasad o Chitra como nombres son comunes. Y se habla inglés con un fuerte acento. En resumen, resaltábamos como luciérnagas, aquí los exóticos eramos nosotros.
-Hace frío, ¿Verdad?
-Un poco -respondí, un tanto escéptico de encontrar una latina por acá-. Pero a mí me gusta el frío.
-Ah, yo prefiero el calor...
Una sonrisa un tanto coqueta me hizo comprender que ella disfrutaba la conversación en español.
-Y de dónde es usted?- Me animé a preguntarle.
-Ah yo vivo aquí hace casi 10 años. Me vine joven, de mi país. El Salvador.
-Aaah, usted es de El Salvador? Qué bien, mi abuela era de Sonsonate...
-Tenemos raíces comunes entonces- Me respondió, soltando una risa.
Esa risa me hizo sentir más confortable en el, ya para ese momento, cálido bus.
Hablamos de muchas cosas, de cómo vine a parar aquí. Mis planes, mis ilusiones, mi forma de ver el mundo. Ella sabía escuchar muy bien. Era una sensación extraña, pero sentí como si la conociera de siempre. Y disfruté muchísimo el estar ahí con ella. Su presencia era confortable, casi sentías que te abrazaba.
-Mire qué alegre encontrarme a una "vecina" hasta aquí. Qué rico poder hablar en español!- Sonreí.
-Pues talvez sí. Aunque aquí se acostumbra uno. A todo se acostumbra uno...
Luego de parar unos minutos en la terminal de Newton, el bus continuó su marcha hacia King George Station. 10 minutos mas.
-Y usted es casado?-. Me sorprendió lo súbito de su pregunta.
-No usted, solterito. Creo que eso me facilitó venir a parar aquí. Y usted?
-Ah yo soy casada. Tengo 4 hijos, y estoy esperando el quinto.
-Alagran! ¿En serio?- Lo único que pude responder, considerando las dificultades que eso implica...
Ví cómo se le iluminó el rostro mientras decía con orgullo:
-Si. El mayor tiene 8 años, viera cómo es de inteligente! Y muy aplicado. El segundo y tercero son unos diablillos, pero son lindos mis nenes. La cuarta tiene dos años, es una bebé aún, pero sé que tiene un gran corazón. Y la quinta... bueno la quinta viene en camino.
Yo volví a verla mejor, pues no se notaba su embarazo. Para nada.
-Y usted ¿Cómo sabe que es nena?
-Simplemente lo se. No me haga caso.
Reímos. Una mujer atractiva, definitivamente. Bastante joven para la cantidad de hijos que decía tener. Y había algo en su mirada, algo en sus facciones... que me era irresistible no mirar. Percibí que ella sentía algo parecido. Algo como
una afinidad añeja, un cariño dormido.
-Ha de ser difícil la vida aquí con 4 niños...
-Es duro. Hay que sacrificarse bastante. Pero si los viera, cómo han crecido.
-Me imagino, yo vengo de una familia grande también. Somos siete... Y viera cómo me costó separarme!
Ahora bajó un poco la cabeza, pensativa.
-Lo importante- me dijo, -es que no pierdan el contacto. El cariño. Quiéranse mucho, y nunca pierdan la alegría, la emoción de ser una familia.-
Sólo sentí cómo se me nublaron los ojos mientras tragaba con dificultad.
Casi al llegar a la estación, ella me dió un beso en la mejilla. Puso su mano en mi rostro delicadamente y me dijo:
-No temas, todo va a salir muy bien...
Luego se levantó y caminó hacia la puerta. Justo antes de que bajara del bus, atiné a balbucear:
-Cuál es su nombre?
Mirándome fijamente a los ojos, con un asomo de sonrisa y una ternura infinita, me respondió:
-Adela, me llamo Adela. Pero me dicen Gloria.
Luego de montar el bus y pagar los C$2.50 en la cajita esa que sólo acepta "exact change", caminé hacia adentro. Me senté distraídamente en uno de los lugares del medio, tratando de ajustar el volumen del iPod (Rock en español, por supuesto). En esas estaba cuando me dí cuenta que mi vecina de asiento me veía con curiosidad.
De verdad no se cómo no la noté antes, siendo que tenía rasgos latinos y considerando también que la mayoría de residentes en Surrey es hindú. Aquí el curry en la cocina, y Prasad o Chitra como nombres son comunes. Y se habla inglés con un fuerte acento. En resumen, resaltábamos como luciérnagas, aquí los exóticos eramos nosotros.
-Hace frío, ¿Verdad?
-Un poco -respondí, un tanto escéptico de encontrar una latina por acá-. Pero a mí me gusta el frío.
-Ah, yo prefiero el calor...
Una sonrisa un tanto coqueta me hizo comprender que ella disfrutaba la conversación en español.
-Y de dónde es usted?- Me animé a preguntarle.
-Ah yo vivo aquí hace casi 10 años. Me vine joven, de mi país. El Salvador.
-Aaah, usted es de El Salvador? Qué bien, mi abuela era de Sonsonate...
-Tenemos raíces comunes entonces- Me respondió, soltando una risa.
Esa risa me hizo sentir más confortable en el, ya para ese momento, cálido bus.
Hablamos de muchas cosas, de cómo vine a parar aquí. Mis planes, mis ilusiones, mi forma de ver el mundo. Ella sabía escuchar muy bien. Era una sensación extraña, pero sentí como si la conociera de siempre. Y disfruté muchísimo el estar ahí con ella. Su presencia era confortable, casi sentías que te abrazaba.
-Mire qué alegre encontrarme a una "vecina" hasta aquí. Qué rico poder hablar en español!- Sonreí.
-Pues talvez sí. Aunque aquí se acostumbra uno. A todo se acostumbra uno...
Luego de parar unos minutos en la terminal de Newton, el bus continuó su marcha hacia King George Station. 10 minutos mas.
-Y usted es casado?-. Me sorprendió lo súbito de su pregunta.
-No usted, solterito. Creo que eso me facilitó venir a parar aquí. Y usted?
-Ah yo soy casada. Tengo 4 hijos, y estoy esperando el quinto.
-Alagran! ¿En serio?- Lo único que pude responder, considerando las dificultades que eso implica...
Ví cómo se le iluminó el rostro mientras decía con orgullo:
-Si. El mayor tiene 8 años, viera cómo es de inteligente! Y muy aplicado. El segundo y tercero son unos diablillos, pero son lindos mis nenes. La cuarta tiene dos años, es una bebé aún, pero sé que tiene un gran corazón. Y la quinta... bueno la quinta viene en camino.
Yo volví a verla mejor, pues no se notaba su embarazo. Para nada.
-Y usted ¿Cómo sabe que es nena?
-Simplemente lo se. No me haga caso.
Reímos. Una mujer atractiva, definitivamente. Bastante joven para la cantidad de hijos que decía tener. Y había algo en su mirada, algo en sus facciones... que me era irresistible no mirar. Percibí que ella sentía algo parecido. Algo como
una afinidad añeja, un cariño dormido.
-Ha de ser difícil la vida aquí con 4 niños...
-Es duro. Hay que sacrificarse bastante. Pero si los viera, cómo han crecido.
-Me imagino, yo vengo de una familia grande también. Somos siete... Y viera cómo me costó separarme!
Ahora bajó un poco la cabeza, pensativa.
-Lo importante- me dijo, -es que no pierdan el contacto. El cariño. Quiéranse mucho, y nunca pierdan la alegría, la emoción de ser una familia.-
Sólo sentí cómo se me nublaron los ojos mientras tragaba con dificultad.
Casi al llegar a la estación, ella me dió un beso en la mejilla. Puso su mano en mi rostro delicadamente y me dijo:
-No temas, todo va a salir muy bien...
Luego se levantó y caminó hacia la puerta. Justo antes de que bajara del bus, atiné a balbucear:
-Cuál es su nombre?
Mirándome fijamente a los ojos, con un asomo de sonrisa y una ternura infinita, me respondió:
-Adela, me llamo Adela. Pero me dicen Gloria.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



