Sexta avenida zona 4, en el carril frente a las oficinas del IGSS. 31 de diciembre, una y media a dos de la tarde. Nos hemos reunido miles de corredores que desordenadamente cubrimos unos doscientos metros de la calle, talvez mas. Serán 10 kilómetros recorriendo la ciudad que cualquier otro día atravesamos indiferentemente en carro o en bus. Pero éste no es un evento cualquiera, ni es cualquier carrera. Esta es la San Silvestre.
Tampoco somos cualquier corredor. Somos los entusiastas, soñadores y relajeros que los otros 364 días del año volteamos para el otro lado cuando hablan de ejercicio, carreras o entrenos. Pero hoy no. Hoy estamos aquí, con la adrenalina al tope mientras dizque calentamos y estiramos las piernas, preparándonos para la carga que nos tocará llevar por la noche vieja. La última del año.
La descubrimos hace tres años. Nos paramos a la orilla de la 6a allá sobre la 11 calle zona 9 y en cuanto comenzamos a ver pasar a los corredores, en cuanto experimentamos el espíritu de esta fiesta, supimos que el siguiente año seríamos protagonistas. Queríamos estar ahí, que también nos aplaudieran!
Ah si, un detalle: ¡Corremos disfrazados! De piratas hace dos años, de la vecindad del chavo en 2009, y este año de super héroes. Y así, por aproximadamente una hora -un poquito mas, a quién engañamos- convertimos 10 kms de las calles de Guatemala Ciudad en nuestra área personal de juegos.
La culpa la tienen ellos. Sí, los que se ponen a la orilla a aplaudirnos. Claro, quién se va a resistir a experimentar por una tarde, un ratito nomás, la alegría y el sentimiento de armonía que esta carrera nos regala. Durante ese tiempo, esa hora y pico, no hay barreras ni clases sociales, afuera los problemas cotidianos, la violencia o el racismo. Todo mundo deseándose ¡Feliz Año Nuevo!
Antes de la carrera, la gente se turna para tomarnos fotos. Somos parte del espectáculo. Protagonistas. Los fotógrafos de la prensa escrita, los de la tele, los de los sitios web de carreras. Arriba, el característico cielo azul profundo de diciembre y el sol nos alumbra la sonrisa. La gente se nos acerca y nos pide posar para sus fotos. ¡Con gusto! ¡Claro! A ver muchá, ¡Juntémonos! Y así, va llegando la hora...
Dos y media. Primero salen las mujeres. De puntillas logramos ver cómo corren debajo de la pasarela del Centro Comercial Plaza zona 4, abarrotada de espectadores. Luego salimos los demás. El nerviosismo aumenta y llega a su clímax mientras comenzamos a avanzar, primero caminando y luego dando finalmente las primeras zancadas. Por supuesto, no nos interesa ganar. Eso está fuera de nuestro alcance y de nuestro interés. Lo que pasa es que ya somos ganadores. Corremos juntos, somos libres, jugueteamos, gozamos nuestra vida.
Comenzamos todos unidos, en un buen grupo. La distancia se cubre fácil, y cuando sentimos vamos recorriendo ya el trecho de la Terminal. Ya empezamos también a saludar a la gente en la acera, agitando las manos, ¡Feliz Año Nuevo, Feliz Año Nuevo! Mientras pasamos, vamos notando la ilusión de los niños y la alegría de sus padres.
- Ahí va el Chavo!
- Papa, mirá a Patricio!
- Adiós Chapulín!
- Chabelo! (no era Chabelo, el disfraz era de Ñoño...)
Siempre sobre la 6a. avenida, llegamos a la 2a calle, la de la Torre del Reformador. Fue allí donde el año pasado alguien le gritó al primo: "¡Quico hueco!". Hasta les servimos de catarsis. Está bien.
Durante la carrera y mientras rebasamos y somos rebasados, vamos celebrando otros disfraces y ocurrencias. El Papa, que no ha faltado en los últimos tres años. El cuate disfrazado de Darth Vader -un tanto impráctico por el peso- va ahí también. Y nos echamos las porras mutuamente. "¡Vamos, ánimo!". Todavía faltan ocho kilómetros...
5a calle zona 9. La esquina del McDonalds. El sol nos pega de frente. Ahora que ya sabemos, usamos bloqueador. El esfuerzo comienza a molestar a los corredores de una vez al año. Primero la respiración, comienza a doler el estómago, a "entrar aire". Pero pueden más las ganas. Por ahí rebasamos al que va disfrazado de Tortrix.
Tratamos de mantener el paso, no queremos quemarnos. Pasamos la Montúfar. Dios mío, cuántas veces pasa uno por aquí tranquilamente en carro; pero ya se ve que corriendo es otra cosa... ¿A qué hora llegamos a la mitad? A pesar de que comenzamos a padecer los rigores del asunto, igual vamos felices. ¡Adióooos, Feliz Año!
Finalmente, alcanzamos la cuadra anterior al Reloj de Flores. Se va terminando la zona 9. Las hermanas, sobrinas, el tío y familia que todavía -o que ya no- corren, se han colocado estratégicamente para proveernos de agua. Bienvenida sea! Aprovechamos para que nos tomen fotos y seguimos.
Corremos bajo el puente en el paso a desnivel. Un gentío se ha reunido y nos saluda desde arriba. La primera subidita del recorrido que nos encamina a Las Américas. Para unos prueba ser un reto ya complicado. Bajan el paso o se detienen, para continuar caminando. A recuperar el aire. Otros mejor toman el "atajo" para esperarnos del otro lado, en la Reforma. El grupo comienza a separarse.
Los demás entramos a Las Américas. Vamos rebasando gente que se comienza a quedar: "¡Vamos, vamos! ¡Animoooo!" Qué linda la Avenida Las Américas a pie, tanto árbol y tan amplia que se siente. Seguimos corriendo para llegar a la mitad del trayecto, donde se da la vuelta a la altura de la Meykos. El esfuerzo nos va cobrando factura. Comenzamos a perder el paso seguro que traíamos, y nuestra respiración se vuelve irregular. ¿Ya vamos a llegar? ¿Dónde está la vuelta?
Al fin llegamos al retorno. ¿Llevaremos ya cinco kilómetros? ¿Talvez seis? ¡Ojalá! Comienza a verse más gente a las orillas, animándonos. ¡Dénle, dénle! ¡Animo! Pasamos el Obelisco. Por ahí rebasamos a los chavos que van disfrazados con el uniforme de no se qué colegio de señoritas. Nunca fallan. Caperucita roja va por aquí también. Ah, y Optimus Prime!
Ahora, la Avenida La Reforma. Segundo punto estratégico para el aprovisionamiento. Ahí están aquellas, y mientras nos dan el agua y toman fotos, yo voy agradecido. Sí, me siento feliz de que mis sobrinas puedan ver que tenemos la libertad de hacer cosas distintas. De tener la capacidad de salir del pequeño mundo en que estamos metidos y de crear recuerdos que, a lo mejor, algún día ellas podrán comentar. Y robarles una sonrisa en el futuro. Me ilusiona pensar que vamos construyendo una tradición familiar.
Siempre sobre La Reforma, alcanzamos la 12 calle. El sol ya no es tan fuerte ahora y nos da en la espalda, lo que agradecemos. Pero ya vamos cansados. Los últimos 3 o 4 kilómetros los hacemos más con el orgullo que con el físico. Es cuando la magia comienza a funcionar. Es ahora cuando se siente el empuje de la gente. Es cuando corremos impulsados por las porras, los saludos y la alegría de los espectadores a ambos lados de la calle. A puro grito, manteniendo el espíritu. ¡Feliz Año Nueeevo! ¡Feliz Año! Uffff...
Comienza la bajada del Liceo, el último esfuerzo. Agradecemos esta bajada. Rebasamos a Freddy Krueger y Jason, que van corriendo juntos. Ya falta poquito y nos volvemos a animar. "¡Vamos muchá!, ya casi llegamos!" "¡Animo muchá!". Conforme nos acercamos a la entrada del estadio, el Mateo, la gente se ha ido acumulando y cerrando el paso. Dejan un espacio reducido pero pasamos igual, ya casi estamos ahí. Nos alientan a dar lo último, y lo último es lo que tenemos.
Entramos al estadio. Como deportistas de élite, pasamos por esa entrada que desemboca en la pista de tartán y que nos muestra la amplitud del graderío a los lados. Todavía quedan 400 metros que hacemos con el corazón en la mano. Ya casi no quedan fuerzas, ¡Sólo porque ya es lo último! Nos agrada la sensación de los pasos sobre esa superficie suave, en el tartán. Amortiguando nuestro esfuerzo final.
Antes de llegar, la carrera nos regala un último momento de magia y emoción: Vemos dos personas mayores que van corriendo amarradas por la mano. Cuando los rebasamos, nos damos cuenta que es una señora que ha corrido con su esposo, ¡ciego! Ella ha sido sus ojos a través del recorrido... Todavía se me hace un nudo en la garganta cuando lo recuerdo. Para mí, eso resumió el espíritu de la carrera.
Los últimos cien metros ahora, ahí está la meta. Antes de pasar debajo del cartel vemos el reloj ese que nos señala nuestro tiempo de carrera. ¿Una hora quince? ¿Una hora cinco? Qué importa... Nos detenemos pero sentimos que nuestras piernas quieren seguir corriendo. Recuperamos las fuerzas en la pista y luego de unos minutos nos animamos a subir el graderío para salir del estadio, recoger la tradicional medalla de participación y buscarnos entre el gentío. Todavía hay quienes se quieren tomar fotos con nosotros. Los niños ilusionados, felices. Adelante, tomémonos fotos pues.
Hemos compartido un poco más de una hora sintiéndonos parte de algo grande. El último día del año, fuimos protagonistas de un sentimiento especial, el regocijo y alegría que esta carrera nos regala. Riendo satisfechos, volvemos al parqueo, comentando anécdotas, compartiendo dolores musculares. Ahora, de vuelta a casa.
Más tarde esa noche, luego de que cada uno se ha bañado y cambiado de ropa, el Año Nuevo nos encontrará con las piernas adoloridas y los músculos engarrotados. Pero ante todo, con la alegría de haber pasado otra aventura juntos y ese sentimiento de haber vuelto a ser niños, por unas cuantas horas. Renovados.
Misión cumplida, hasta el próximo año... Feliz Año Nuevo!!
viernes, 31 de diciembre de 2010
domingo, 19 de diciembre de 2010
El Norte
Hoy mis planes de paseo dominical fueron víctima de las particularidades de vivir en estas latitudes. Amanecí con ánimo de salir a envolverme de naturaleza. Había encontrado ayer en mi guía del Lonely Planet el pequeño Beaver Lake en el centro del Stanley Park, un área que no conozco del parque. Me atraía caminar entre el bosque y encontrar alguna oportunidad de tomar fotos. El clima se prestaba para ello, con un cielo que se despejó alrededor del medio día y aunque debido al viento la sensación térmica era de unos tres grados; el panorama pintaba muy bueno para la excursión urbana.
Después de un alegre convivio anoche con los amigos que he conocido en este año, amanecí un poco mas tarde que de costumbre por lo que previo al paseo hice ciertas compras en el super que se extendieron mas de lo que quería. Volví a casa como a las tres, con la idea de almorzar en el Pizza Hut del sector, el cual conocí en mis primeros días por el vecindario -he tenido suficiente comida precongelada entre semana, así que necesitaba un cambio-. O en todo caso, que fuera otro el que se encargara de descongelarla.
Llegué al restaurante bajando por Renfrew Street hasta Grandview Highway, media hora después. Ya para esa hora me sentía un tanto debilitado por el ayuno pero aún con los ánimos de visitar el laguito. En el camino hablé por teléfono con una amiga, quien me recordó que a estas alturas del año, alrededor de las cuatro de la tarde comienza ya a oscurecer. Así que un rápido cálculo considerando el tiempo en el restaurante, la abundancia del almuerzo y mis anodinas fuerzas dieron al traste con el paseo.
Mientras disfrutaba mi almuerzo caliente con una copa de vino -no se puede esperar mucho de una copa de vino en Pizza Hut, pero igual me ayudó a calentar el ánimo-; y mientras leía -por tercera vez, aunque la primera en inglés- cómo Rob Cole atravesaba el desierto en su viaje de dieciocho meses desde Inglaterra hasta llegar a Ispahán, la única ciudad en la que existía una escuela de medicina en el siglo X; contemplaba yo cómo la hermosa luna llena iba subiendo en el cielo Vancouverita. Considerando que el almuerzo incluyó un café americano y brownie, la comida me dejó un espíritu tan satisfecho que lo único en que pensaba ya era en volver a casa.
Al salir del restaurante, en tanto el sol y la temperatura iban descendiendo, un familiar graznido me hizo volver la mirada al cielo. Esta vez para ver la impresionante cantidad de cuervos que atraviesan la ciudad al atardecer. Es una muestra palpable de lo inteligentes y adaptables que son estas aves; el desfile aéreo demora varios minutos mientras cientos de ellas vuelan hacia el noreste, a pasar la noche en un destino hasta ahora desconocido para mí. Estampas de mi vida en el norte. De vivir en el norte. El Norte... Esas palabras me trajeron el recuerdo de otra experiencia vivida hace ya casi diecisiete años:
Recuerdo que me despertó el bamboleo hacia un lado y hacia el otro de mis piernas recogidas. Deseé no haber despertado nunca. El movimiento era bastante fuerte, tan fuerte que fue nomás bajar de la cama y sentir el vértigo y una increíble sensación de náusea. Como pude, llegué al baño, ayudado por los agarradores que están fijados en la pared. Luego de utilizar el inodoro, me metí a bañar con esa vasca revolviéndome el estómago vacío. Mientras me duchaba y me pasaba el jabón por el cuerpo, el urgente deseo de vomitar me detuvo un par de veces, pero pude contenerme.
El barco llevaba ya unas doce horas de travesía. Desde Puerto Cortés en Honduras, nos dirigíamos hacia Coatzacoalcos, Veracruz. Bordearíamos la península de Yucatán, en un viaje que demoraría cuatro días, según recuerdo. El problema es que viajábamos en medio de una tormenta con fuertes vientos que soplaban desde el norte, alzando las olas unos tres o cuatro metros y con ellas, el relativamente pequeño barco de carga de gas. El Petromar 1.
El balanceo continuaba mientras me vestí, y así bamboleándome salí de mi cabina. Como pude, apoyándome en las paredes, bajé hacia el nivel del comedor, donde ya estaban algunos de los oficiales esperando por el desayuno. Fue ahí donde el capitán del barco, un español originario de Vigo, me hizo saber de la tormenta, a la cual ellos se referían como "El Norte". Mientras los otros desayunaban -yo notaba las redecillas de un material antideslizante que cubrían las mesas, justamente para evitar derrames por el movimiento del barco- yo apenas pude beberme una taza de café con leche. Luego de excusarme, subí apresurado de vuelta a mi cabina pues ahora sí tenía algo en el estómago que podía expulsar.
Me acosté en mi cama mientras tragaba y tragaba saliva para evitar el vómito. La náusea no se me quitaba, sudaba frío y la cabeza me palpitaba en un malestar general que no sabía ni cómo iba a superar. Después de un tiempo de intentar dormirme -que sentí demasiado largo- decidí seguir los consejos de los oficiales y subir al puente para acostumbrarme al movimiento del barco. El puente es el lugar desde donde se dirige el barco, donde está el timón, los radares, la radio, los mapas de navegación y demás elementos relacionados. Me senté en una silla elevada y mientras hablaba con Eric, el costarricense que era el tercer oficial de cubierta, notaba cómo la línea del horizonte subía y bajaba a lo largo del mástil de proa, mientras las gotitas de sudor perlaban mi frente.
Me encontraba en el Petromar 1 "conociendo los procesos de carga y descarga de gas", o algo así recuerdo que fue la sugerencia de mi papá. El trabajaba en una empresa de gas propano y el dueño tenía algunos barcos de carga que despachaban el gas viajando entre EEUU, México, Guatemala y Honduras. La idea era que estudiaría Ingeniería Industrial y la experiencia sería beneficiosa para mi futuro. Así que habló con su jefe y accedió a darme la oportunidad del viaje.
Poco a poco, el malestar fue cediendo mientras mi oído interno y sentido del equilibrio se iban adaptando. Debo decir que fue un Crash Course que todavía recuerdo como una prueba intensa y de la que reflexioné muy poco antes de comenzar la aventura. -Me pasa así muchas veces. Es mejor así, de lo contrario, me paralizaría la expectativa-.
Tratando de distraerme de la tortura, le preguntaba a Eric acerca de su trabajo en el barco, de cómo funcionaba todo. Me enteré que había tres turnos en el puente, el tercer oficial tenía el turno matutino, el segundo el vespertino y el capitán -o alguien mas, no me enteré- tomaba el nocturno. Estaba también el personal de máquinas -los encargados de mantener funcionando el motor y la maquinaria-, también denominados primer o segundo oficial de máquinas, dependiendo de su experiencia. Escuché también de las escuelas náuticas en latinoamérica, de las maniobras de atraque, o preguntaba cosas básicas como qué lado del barco es babor y cuál estribor (izquierda y derecha, respectivamente). Confirmé también la fama de los marineros, en cada puerto una novia...
Conforme pasó el tiempo me acostumbré no sólo al movimiento del barco -que por cierto, luego de cambiar nuestro rumbo de sur-norte a oeste-este sobre el norte de Yucatán, cambió el movimiento de cabeceo proa-popa a babor-estribor- sino también me acostumbré a la rutina del barco. Al principio, salía a contemplar el panorama, miraba el horizonte y como dice la canción: veía "donde el cielo se une con el mar". Me ilusionaba apreciar un atardecer en el que el sol se posara directamente sobre la línea de horizonte, como en las películas. No tuve esa suerte porque las nubes obstruían la visión cada tarde.
Después de un par de días, sin embargo, para un pasajero sin oficio, el viaje se vuelve tedioso. Aunque pasamos frente a Cozumel, Cancún, etc; no se veía la costa. Como me dijo Eric, "¿Usted qué quería, ver a las viejas tiradas en la playa?". No había nada que contemplar -aparte de mar y cielo-, y la visión de un solitario cormorán una mañana o un par de juguetones delfines -a los que les gusta nadar justo al frente del barco- fueron las únicas distracciones de la rutina. Terminé jugando Super Mario Bros. 3 en el Nintendo del comedor, mientras llegábamos al puerto.
Llegamos al puerto comercial de Pemex en Veracruz, presencié las maniobras de atraque y carga de gas, comí auténticos tacos mexicanos y paseé por la pequeña ciudad -nada que valiera la pena siendo un puerto comercial, no turístico-. De todas maneras, compré algunos souvenirs, volveríamos a Santo Tomás de Castilla a los 3 días y ahí me bajaría, para tomar justo a tiempo la Litegua que me llevó de vuelta a casa.
Mi experiencia probaría ser muy valiosa y la disfruté y aproveché de una manera distinta -pues mis estudios de Ingeniería durarían apenas dos meses, no era lo mío-. Además de aprender -y más importante aún, experimentar- acerca del mundo náutico y la vida de un marinero, para mí fue uno de mis primeros contactos con gente de otras culturas, otras formas de hablar, otros universos. A mis diecinueve años, fue abrir mi mente al mundo que estaba ahí afuera. Experimentarlo de forma directa y empezar a sentir esa necesidad, esa hambre por descubrir lo que había más allá de mi pequeño mundo, mi pequeña realidad.
Y mientras renuevo -y comparto- mi memoria, reparo en otra conexión más de mi universo personal. De cómo ese viento que soplaba fuerte y me hizo sufrir como pocas veces, pudo haberme encaminado hacia mi destino actual -que espero, no sea el final-. El Norte.
"Una barca en el puerto me espera,
no se donde me ha de llevar..."
- El Extranjero, Enrique Bunbury
Después de un alegre convivio anoche con los amigos que he conocido en este año, amanecí un poco mas tarde que de costumbre por lo que previo al paseo hice ciertas compras en el super que se extendieron mas de lo que quería. Volví a casa como a las tres, con la idea de almorzar en el Pizza Hut del sector, el cual conocí en mis primeros días por el vecindario -he tenido suficiente comida precongelada entre semana, así que necesitaba un cambio-. O en todo caso, que fuera otro el que se encargara de descongelarla.
Llegué al restaurante bajando por Renfrew Street hasta Grandview Highway, media hora después. Ya para esa hora me sentía un tanto debilitado por el ayuno pero aún con los ánimos de visitar el laguito. En el camino hablé por teléfono con una amiga, quien me recordó que a estas alturas del año, alrededor de las cuatro de la tarde comienza ya a oscurecer. Así que un rápido cálculo considerando el tiempo en el restaurante, la abundancia del almuerzo y mis anodinas fuerzas dieron al traste con el paseo.
Mientras disfrutaba mi almuerzo caliente con una copa de vino -no se puede esperar mucho de una copa de vino en Pizza Hut, pero igual me ayudó a calentar el ánimo-; y mientras leía -por tercera vez, aunque la primera en inglés- cómo Rob Cole atravesaba el desierto en su viaje de dieciocho meses desde Inglaterra hasta llegar a Ispahán, la única ciudad en la que existía una escuela de medicina en el siglo X; contemplaba yo cómo la hermosa luna llena iba subiendo en el cielo Vancouverita. Considerando que el almuerzo incluyó un café americano y brownie, la comida me dejó un espíritu tan satisfecho que lo único en que pensaba ya era en volver a casa.
Al salir del restaurante, en tanto el sol y la temperatura iban descendiendo, un familiar graznido me hizo volver la mirada al cielo. Esta vez para ver la impresionante cantidad de cuervos que atraviesan la ciudad al atardecer. Es una muestra palpable de lo inteligentes y adaptables que son estas aves; el desfile aéreo demora varios minutos mientras cientos de ellas vuelan hacia el noreste, a pasar la noche en un destino hasta ahora desconocido para mí. Estampas de mi vida en el norte. De vivir en el norte. El Norte... Esas palabras me trajeron el recuerdo de otra experiencia vivida hace ya casi diecisiete años:
Recuerdo que me despertó el bamboleo hacia un lado y hacia el otro de mis piernas recogidas. Deseé no haber despertado nunca. El movimiento era bastante fuerte, tan fuerte que fue nomás bajar de la cama y sentir el vértigo y una increíble sensación de náusea. Como pude, llegué al baño, ayudado por los agarradores que están fijados en la pared. Luego de utilizar el inodoro, me metí a bañar con esa vasca revolviéndome el estómago vacío. Mientras me duchaba y me pasaba el jabón por el cuerpo, el urgente deseo de vomitar me detuvo un par de veces, pero pude contenerme.
El barco llevaba ya unas doce horas de travesía. Desde Puerto Cortés en Honduras, nos dirigíamos hacia Coatzacoalcos, Veracruz. Bordearíamos la península de Yucatán, en un viaje que demoraría cuatro días, según recuerdo. El problema es que viajábamos en medio de una tormenta con fuertes vientos que soplaban desde el norte, alzando las olas unos tres o cuatro metros y con ellas, el relativamente pequeño barco de carga de gas. El Petromar 1.
El balanceo continuaba mientras me vestí, y así bamboleándome salí de mi cabina. Como pude, apoyándome en las paredes, bajé hacia el nivel del comedor, donde ya estaban algunos de los oficiales esperando por el desayuno. Fue ahí donde el capitán del barco, un español originario de Vigo, me hizo saber de la tormenta, a la cual ellos se referían como "El Norte". Mientras los otros desayunaban -yo notaba las redecillas de un material antideslizante que cubrían las mesas, justamente para evitar derrames por el movimiento del barco- yo apenas pude beberme una taza de café con leche. Luego de excusarme, subí apresurado de vuelta a mi cabina pues ahora sí tenía algo en el estómago que podía expulsar.
Me acosté en mi cama mientras tragaba y tragaba saliva para evitar el vómito. La náusea no se me quitaba, sudaba frío y la cabeza me palpitaba en un malestar general que no sabía ni cómo iba a superar. Después de un tiempo de intentar dormirme -que sentí demasiado largo- decidí seguir los consejos de los oficiales y subir al puente para acostumbrarme al movimiento del barco. El puente es el lugar desde donde se dirige el barco, donde está el timón, los radares, la radio, los mapas de navegación y demás elementos relacionados. Me senté en una silla elevada y mientras hablaba con Eric, el costarricense que era el tercer oficial de cubierta, notaba cómo la línea del horizonte subía y bajaba a lo largo del mástil de proa, mientras las gotitas de sudor perlaban mi frente.
Me encontraba en el Petromar 1 "conociendo los procesos de carga y descarga de gas", o algo así recuerdo que fue la sugerencia de mi papá. El trabajaba en una empresa de gas propano y el dueño tenía algunos barcos de carga que despachaban el gas viajando entre EEUU, México, Guatemala y Honduras. La idea era que estudiaría Ingeniería Industrial y la experiencia sería beneficiosa para mi futuro. Así que habló con su jefe y accedió a darme la oportunidad del viaje.
Poco a poco, el malestar fue cediendo mientras mi oído interno y sentido del equilibrio se iban adaptando. Debo decir que fue un Crash Course que todavía recuerdo como una prueba intensa y de la que reflexioné muy poco antes de comenzar la aventura. -Me pasa así muchas veces. Es mejor así, de lo contrario, me paralizaría la expectativa-.
Tratando de distraerme de la tortura, le preguntaba a Eric acerca de su trabajo en el barco, de cómo funcionaba todo. Me enteré que había tres turnos en el puente, el tercer oficial tenía el turno matutino, el segundo el vespertino y el capitán -o alguien mas, no me enteré- tomaba el nocturno. Estaba también el personal de máquinas -los encargados de mantener funcionando el motor y la maquinaria-, también denominados primer o segundo oficial de máquinas, dependiendo de su experiencia. Escuché también de las escuelas náuticas en latinoamérica, de las maniobras de atraque, o preguntaba cosas básicas como qué lado del barco es babor y cuál estribor (izquierda y derecha, respectivamente). Confirmé también la fama de los marineros, en cada puerto una novia...
Conforme pasó el tiempo me acostumbré no sólo al movimiento del barco -que por cierto, luego de cambiar nuestro rumbo de sur-norte a oeste-este sobre el norte de Yucatán, cambió el movimiento de cabeceo proa-popa a babor-estribor- sino también me acostumbré a la rutina del barco. Al principio, salía a contemplar el panorama, miraba el horizonte y como dice la canción: veía "donde el cielo se une con el mar". Me ilusionaba apreciar un atardecer en el que el sol se posara directamente sobre la línea de horizonte, como en las películas. No tuve esa suerte porque las nubes obstruían la visión cada tarde.
Después de un par de días, sin embargo, para un pasajero sin oficio, el viaje se vuelve tedioso. Aunque pasamos frente a Cozumel, Cancún, etc; no se veía la costa. Como me dijo Eric, "¿Usted qué quería, ver a las viejas tiradas en la playa?". No había nada que contemplar -aparte de mar y cielo-, y la visión de un solitario cormorán una mañana o un par de juguetones delfines -a los que les gusta nadar justo al frente del barco- fueron las únicas distracciones de la rutina. Terminé jugando Super Mario Bros. 3 en el Nintendo del comedor, mientras llegábamos al puerto.
Llegamos al puerto comercial de Pemex en Veracruz, presencié las maniobras de atraque y carga de gas, comí auténticos tacos mexicanos y paseé por la pequeña ciudad -nada que valiera la pena siendo un puerto comercial, no turístico-. De todas maneras, compré algunos souvenirs, volveríamos a Santo Tomás de Castilla a los 3 días y ahí me bajaría, para tomar justo a tiempo la Litegua que me llevó de vuelta a casa.
Mi experiencia probaría ser muy valiosa y la disfruté y aproveché de una manera distinta -pues mis estudios de Ingeniería durarían apenas dos meses, no era lo mío-. Además de aprender -y más importante aún, experimentar- acerca del mundo náutico y la vida de un marinero, para mí fue uno de mis primeros contactos con gente de otras culturas, otras formas de hablar, otros universos. A mis diecinueve años, fue abrir mi mente al mundo que estaba ahí afuera. Experimentarlo de forma directa y empezar a sentir esa necesidad, esa hambre por descubrir lo que había más allá de mi pequeño mundo, mi pequeña realidad.
Y mientras renuevo -y comparto- mi memoria, reparo en otra conexión más de mi universo personal. De cómo ese viento que soplaba fuerte y me hizo sufrir como pocas veces, pudo haberme encaminado hacia mi destino actual -que espero, no sea el final-. El Norte.
"Una barca en el puerto me espera,
no se donde me ha de llevar..."
- El Extranjero, Enrique Bunbury
jueves, 25 de noviembre de 2010
Huellas en la nieve
El día comenzó bastante normal. Salí de la cama a las seis, leí las noticias -online- media hora mientras desayunaba, luego a la ducha, la rasurada y "cociné" mi almuerzo -lo que significa descongelarlo y ponerlo en el recipiente plástico-.
Durante el desayuno, se hace imperativo darle un vistazo al canal del clima para conocer las condiciones actuales (la última semana hemos fluctuado entre 3c y -10c) y conocer también la temperatura para las próximas doce horas -considerando también el regreso del trabajo-. En este país hay que ser cuidadosos con esos detalles.
Desde ayer por la tarde, comencé a oír comentarios de la nevada que recibiríamos en la madrugada y durante el día de hoy. Y otra vez me preocupé de no estar adecuadamente preparado para hacerle frente. Pensé que bastaría con la compra de mi abrigo impermeable 3-en-1 con aislamiento térmico. Pero resulta que: ¡No tenía botas de nieve! Ni siquiera estaba seguro de lo que necesitaba comprar, así que a preguntar, escuchar opiniones, preguntar por posibles destinos de compra, descartar opiniones.
Después del trabajo y luego de recorrer la Canada Line del tren de extremo a extremo y visitar dos centros comerciales, por C$150.00 conseguí un par de botas de cuero impermeable, punta de hule, suela antideslizante y aislamiento. Y unos diseños un tanto femeninos en la plantilla... Sí, tuve que buscar entre las líneas de calzado de dama la menos femenina que encontrara. El eterno problema de tener el pie pequeño, ni modo. Por lo menos no son rosadas o con florecitas...
Decía que la rutina es casi la misma, pero las diferencias comienzan al salir de casa. Hoy al salir a las 7:15 aún nevaba, así que además del ya acostumbrado ritual de ponerme el suéter, el abrigo encima, la gorra, los guantes y de amarrarme la bufanda al cuello... hoy tocaba caminar en la nieve y probar las botas!
Habrían caído ya unos 10 cm y conforme fui caminando hacia la estación del tren iba sintiéndome como en otra realidad. Caminar mientras neva me ha regalado un sentimiento inesperado de tranquilidad y paz. Todo estaba tan callado y blanco... no sé si la nieve amortiguará el ruido pero es una sensación relajante. Un regocijo interno me invadió mientras sonreía apreciando la experiencia.
Las botas hicieron su trabajo perfectamente, manteniéndome seco a temperaturas en las que era imperativo mantener el calor corporal. Llegué a la estación del Skytrain unos 5 minutos antes de lo que generalmente lo hago -ya nos habían advertido que en clima extremo es mejor ser precavido- y justamente noté que había mas personas de lo normal esperando el tren. Oh-oh... Durante el invierno, la nieve afecta el funcionamiento del tren y hay empleados en cada estación monitoreándolo. Aún así, éste demoraría unos seis minutos en llegar (el doble de lo normal).
Luego de los quince minutos de tren llegué a la 22nd Street, a 6 estaciones de distancia. Es ahí donde abordo el bus 410 que me lleva a la oficina, atravesando antes el puente de Queensborough y pasando por un área de granjas que me recuerda los amplios sembradíos de la autopista en la costa sur de Guatemala, por lo extenso y plano del terreno. Es en dicha estación que disfruto también de una vista muy bonita a uno de los brazos del río Fraser, propicia para apreciar esa área del Metro-Vancouver. Y para reflexionar sobre mi reciente rutina diaria.
Resultó que al llegar a la estación, ni señas del bus. Cuando menos aquí hacemos la fila -y lo más importante, la respetamos-, así que es cuestión de paciencia nada mas. Cinco minutos... La nevada comenzó a arreciar, se multiplicaban los copos que caían suspendidos sobre nuestras espaldas, paraguas, capuchas y pelo. Diez minutos... Tres buses de la línea 100 llegaron y se fueron y del condenado bus ni señas... Ya me había comenzado a preocupar, pues es apenas mi tercera semana de trabajo y no quería llegar tarde.
Finalmente, el bus llegó alrededor de quince minutos después del horario normal. Todos a abordarlo y ya un tanto mas aliviado comenzamos el trayecto. Mis esperanzas de llegar a tiempo se iban desvaneciendo conforme me iba dando cuenta de lo precavido -y lento- que hay que manejar bajo una tormenta (ligera) de nieve. Por lo menos el bus tiene calefacción, así que se va cómodamente sentado leyendo el diario ese que te regalan en la estación, o escuchando el iPod, leyendo un libro o simplemente dormitando.
Llegué cinco minutos tarde, pero luego de la caminata -hundiendo cada vez más los pies en la nieve-, al llegar a la oficina y entrar a la sala de entrenamiento noté con satisfacción que el instructor todavía no había llegado. De hecho, esperamos media hora más mientras compartíamos con los compañeros -especialmente los llegados a la ciudad en los últimos meses- nuestras respectivas anécdotas en la tormenta. Desde los atrasos del transporte hasta las luchas de algunos por desatascar los carros del hielo o de sus patinazos en la carretera. Hmmm, a lo mejor no esté tan ansioso de tener carro...
Luego de movernos hacia otra área del edificio, desde el escritorio donde me ubicaron contemplaba la tormenta que no paró en toda la mañana. Así sería hasta alrededor del medio día, cuando decidieron que sería mejor para nuestra seguridad salir temprano de la oficina; por lo que salimos a las dos de la tarde.
En el camino de regreso volví a contemplar los árboles y la ruta toda cubierta de nieve. Hasta que comencé a dormitar, efecto talvez del calorcito en el bus y la digestión. Luego del transbordo al tren, iba apreciando maravillado -otra vez- la vista tan diferente de esta ciudad cubierta de nieve. Los árboles en los parques, los techos, una persona paseando con su perro, el cementerio judío con sus lápidas cubiertas, el letrero de "Islam? Read Quram" en aquel techo que ahora no se ve por la cubierta nívea.
Caminé las cuatro cuadras que separan la estación de mi casa agradeciendo la persistencia de la borrasca. Todo en silencio, ni siquiera un ligero viento. El amable crujido de la nieve bajo mis pies, la sensación amortiguada al caminar, los copos descendiendo sutilmente, el vaho de mi respiración. Y el silencio.
Y yo que me sentía intimidado por el frío, ahora estoy comenzando a disfrutarlo: un trueque entre la preocupación por estar bien abrigado por una sonrisa traviesa y juguetona. Hasta me animé a hacer mi primera bola de nieve. Me agaché, cogí un poco de nieve entre mis guantes, le di forma y consistencia -algo bastante fácil-. La jugué y compacté por una cuadra, pero al final decidí tirarla al suelo. No tenía a quién tirársela. Ah, eso me hace falta...
Caminando bajo la nieve, sentí como si hubiese prestado la vida de alguien más, un cut-and-paste hacia otra realidad. Como si fuera la secuencia de alguna película, no me creía que estuviera viviendo esto. Caminando por calles que ahora son mi hogar, el vecindario que creía conocer ahora tan cambiado, tan blanco. A esta hora se habían borrado ya las separaciones entre la acera y la calle, se habían borrado esas fronteras un poco como les pasó a las fronteras entre mi realidad y mis sueños...
Mientras iba imprimiendo mis suelas en la nieve recién caída, sentía como que estaba volando. O mas bien, como que caminaba entre nubes.
Durante el desayuno, se hace imperativo darle un vistazo al canal del clima para conocer las condiciones actuales (la última semana hemos fluctuado entre 3c y -10c) y conocer también la temperatura para las próximas doce horas -considerando también el regreso del trabajo-. En este país hay que ser cuidadosos con esos detalles.
Desde ayer por la tarde, comencé a oír comentarios de la nevada que recibiríamos en la madrugada y durante el día de hoy. Y otra vez me preocupé de no estar adecuadamente preparado para hacerle frente. Pensé que bastaría con la compra de mi abrigo impermeable 3-en-1 con aislamiento térmico. Pero resulta que: ¡No tenía botas de nieve! Ni siquiera estaba seguro de lo que necesitaba comprar, así que a preguntar, escuchar opiniones, preguntar por posibles destinos de compra, descartar opiniones.
Después del trabajo y luego de recorrer la Canada Line del tren de extremo a extremo y visitar dos centros comerciales, por C$150.00 conseguí un par de botas de cuero impermeable, punta de hule, suela antideslizante y aislamiento. Y unos diseños un tanto femeninos en la plantilla... Sí, tuve que buscar entre las líneas de calzado de dama la menos femenina que encontrara. El eterno problema de tener el pie pequeño, ni modo. Por lo menos no son rosadas o con florecitas...
Decía que la rutina es casi la misma, pero las diferencias comienzan al salir de casa. Hoy al salir a las 7:15 aún nevaba, así que además del ya acostumbrado ritual de ponerme el suéter, el abrigo encima, la gorra, los guantes y de amarrarme la bufanda al cuello... hoy tocaba caminar en la nieve y probar las botas!
Habrían caído ya unos 10 cm y conforme fui caminando hacia la estación del tren iba sintiéndome como en otra realidad. Caminar mientras neva me ha regalado un sentimiento inesperado de tranquilidad y paz. Todo estaba tan callado y blanco... no sé si la nieve amortiguará el ruido pero es una sensación relajante. Un regocijo interno me invadió mientras sonreía apreciando la experiencia.
Las botas hicieron su trabajo perfectamente, manteniéndome seco a temperaturas en las que era imperativo mantener el calor corporal. Llegué a la estación del Skytrain unos 5 minutos antes de lo que generalmente lo hago -ya nos habían advertido que en clima extremo es mejor ser precavido- y justamente noté que había mas personas de lo normal esperando el tren. Oh-oh... Durante el invierno, la nieve afecta el funcionamiento del tren y hay empleados en cada estación monitoreándolo. Aún así, éste demoraría unos seis minutos en llegar (el doble de lo normal).
Luego de los quince minutos de tren llegué a la 22nd Street, a 6 estaciones de distancia. Es ahí donde abordo el bus 410 que me lleva a la oficina, atravesando antes el puente de Queensborough y pasando por un área de granjas que me recuerda los amplios sembradíos de la autopista en la costa sur de Guatemala, por lo extenso y plano del terreno. Es en dicha estación que disfruto también de una vista muy bonita a uno de los brazos del río Fraser, propicia para apreciar esa área del Metro-Vancouver. Y para reflexionar sobre mi reciente rutina diaria.
Resultó que al llegar a la estación, ni señas del bus. Cuando menos aquí hacemos la fila -y lo más importante, la respetamos-, así que es cuestión de paciencia nada mas. Cinco minutos... La nevada comenzó a arreciar, se multiplicaban los copos que caían suspendidos sobre nuestras espaldas, paraguas, capuchas y pelo. Diez minutos... Tres buses de la línea 100 llegaron y se fueron y del condenado bus ni señas... Ya me había comenzado a preocupar, pues es apenas mi tercera semana de trabajo y no quería llegar tarde.
Finalmente, el bus llegó alrededor de quince minutos después del horario normal. Todos a abordarlo y ya un tanto mas aliviado comenzamos el trayecto. Mis esperanzas de llegar a tiempo se iban desvaneciendo conforme me iba dando cuenta de lo precavido -y lento- que hay que manejar bajo una tormenta (ligera) de nieve. Por lo menos el bus tiene calefacción, así que se va cómodamente sentado leyendo el diario ese que te regalan en la estación, o escuchando el iPod, leyendo un libro o simplemente dormitando.
Llegué cinco minutos tarde, pero luego de la caminata -hundiendo cada vez más los pies en la nieve-, al llegar a la oficina y entrar a la sala de entrenamiento noté con satisfacción que el instructor todavía no había llegado. De hecho, esperamos media hora más mientras compartíamos con los compañeros -especialmente los llegados a la ciudad en los últimos meses- nuestras respectivas anécdotas en la tormenta. Desde los atrasos del transporte hasta las luchas de algunos por desatascar los carros del hielo o de sus patinazos en la carretera. Hmmm, a lo mejor no esté tan ansioso de tener carro...
Luego de movernos hacia otra área del edificio, desde el escritorio donde me ubicaron contemplaba la tormenta que no paró en toda la mañana. Así sería hasta alrededor del medio día, cuando decidieron que sería mejor para nuestra seguridad salir temprano de la oficina; por lo que salimos a las dos de la tarde.
En el camino de regreso volví a contemplar los árboles y la ruta toda cubierta de nieve. Hasta que comencé a dormitar, efecto talvez del calorcito en el bus y la digestión. Luego del transbordo al tren, iba apreciando maravillado -otra vez- la vista tan diferente de esta ciudad cubierta de nieve. Los árboles en los parques, los techos, una persona paseando con su perro, el cementerio judío con sus lápidas cubiertas, el letrero de "Islam? Read Quram" en aquel techo que ahora no se ve por la cubierta nívea.
Caminé las cuatro cuadras que separan la estación de mi casa agradeciendo la persistencia de la borrasca. Todo en silencio, ni siquiera un ligero viento. El amable crujido de la nieve bajo mis pies, la sensación amortiguada al caminar, los copos descendiendo sutilmente, el vaho de mi respiración. Y el silencio.
Y yo que me sentía intimidado por el frío, ahora estoy comenzando a disfrutarlo: un trueque entre la preocupación por estar bien abrigado por una sonrisa traviesa y juguetona. Hasta me animé a hacer mi primera bola de nieve. Me agaché, cogí un poco de nieve entre mis guantes, le di forma y consistencia -algo bastante fácil-. La jugué y compacté por una cuadra, pero al final decidí tirarla al suelo. No tenía a quién tirársela. Ah, eso me hace falta...
Caminando bajo la nieve, sentí como si hubiese prestado la vida de alguien más, un cut-and-paste hacia otra realidad. Como si fuera la secuencia de alguna película, no me creía que estuviera viviendo esto. Caminando por calles que ahora son mi hogar, el vecindario que creía conocer ahora tan cambiado, tan blanco. A esta hora se habían borrado ya las separaciones entre la acera y la calle, se habían borrado esas fronteras un poco como les pasó a las fronteras entre mi realidad y mis sueños...
Mientras iba imprimiendo mis suelas en la nieve recién caída, sentía como que estaba volando. O mas bien, como que caminaba entre nubes.
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domingo, 14 de noviembre de 2010
Pequeñas cosechas
Si alguien me hubiera dicho que antes de seis meses en Canadá, me estarían entrevistando para la radio, no le hubiera creído. Claro, me gusta compartir mis proyectos, mis ideas, mis ilusiones. Comentarlo con mis amigos y conocidos. Qué otra prueba que este espacio.
A lo mejor el oírme hablar de algún proyecto me va armando de seguridad para trabajar en ello; aparte que también puedo captar comentarios o ideas útiles. O puede que simplemente me vaya sintiendo comprometido conforme mas personas se enteran. Personalmente, prefiero pensar que es así como comienza a elevarse el nivel de esa energía positiva, energía mutua que me impulsa hacia adelante.
- Conozco a alguien que tiene una columna en la radio, relacionada con la experiencia de nuevos imigrantes. ¿Estás dispuesto a entrevistarte con él?
- Seguro, por qué no.- Acababa de comentarle a Alzira, coordinadora de uno de los programas en que participo, que había conseguido el empleo por el que había aplicado el viernes anterior.
Al principio no estaba seguro de a qué me estaba metiendo, pero aún así ¿Por qué no? Sobre todo que estaba exultante al haber alcanzado una meta que, sabía desde hace tiempo, no iba a ser tan fácil. Pensé que lo principal entonces era tener la oportunidad de compartir, que otras personas en mi situación conozcan los recursos que hay aquí a nuestra disposición. Que no pierdan la motivación en el proceso -se dice fácil, claro-. En fin, si de algo le servía a alguien, ahí estaba mi historia.
Pero también me interesaba como una experiencia nueva. Ser entrevistado en la radio. Guau! No todos los días se nos da la oportunidad y por supuesto, no iba a dejarla escapar.
Recibí la llamada la tarde en que me reuní con mi nueva amiga colombiana, a la que conocí en la entrevista de trabajo. Ella llegó a la ciudad hace solo un par de semanas y por supuesto que le ofrecí ayuda, con mucho gusto. Así como Carol y Andy lo hicieron conmigo. La ley del karma, transmitir bondad, sentir que se está haciendo una pequeña diferencia en la vida de alguien.
Decía que me contactó Andrew, de la CBC local, la Canadian Broadcast Corporation. Hmmm... Francamente no le escuché muy bien, pero quedamos en coordinarnos mas tarde. Al volver a casa, había recibido ya su mensaje. Quedamos para el día siguiente.
Nos reunimos en una sala de Mosaic, una de las agencias de apoyo al imigrante. Andrew es también un imigrante que vino de China hace unos 20 años, roza ahora los 60. Tiene un segmento en la radio (Xin Yimin, Nuevo migrante) en el que comparte con la audiencia distintas historias de personas que han migrado a Canadá. Lo primero que noté luego de saludarle fue la grabadora y el micrófono en sus manos.
Así que primero tuvimos una plática para explicarme el objetivo del programa, de la entrevista, y de conocer un poco de mi historia. Resulta que tengo una "historia exitosa" que vale la pena contar, así que aparte de la oportunidad de compartir, definitivamente me resultó halagador.
Sobre todo, considerando los días que pasé durante la búsqueda de empleo. Buscar empleo es difícil en cualquier parte. Y lo es más aún, en otro país que apenas conoces. Hay que abrirse camino con paciencia, tratando de conocer cada día mas las condiciones en las que se vive, dándose a conocer con cuanta gente se pueda, pues nadie lo conoce a uno. Y la experiencia profesional muchas veces ni la toman en cuenta.
Complicado, angustiante, intimidante. Zozobra, desasosiego, ansiedad. Miedo. Nadie quiere coleccionar palabras como esas. Mejor ni oírlas... Y sin embargo, muchas -o todas- describen algunos de mis días en los meses pasados. Impotencia. Confieso que ha sido un reto bastante duro. Y que sentí miedo, mucho miedo.
Creo que esas son las sombras de la migración. A pesar de que uno se trata de preparar, de manejar escenarios no tan positivos, escucha testimonios, etc.; uno la verdad espera que no vaya a ser ése su caso. Y es que después de pasar por tanto requisito en la Embajada, que la licenciatura, que los años de experiencia, los idiomas, los fondos para emigrar, etc., la expectativa es otra.
Entonces, estoy consciente de lo difícil que resulta conseguir empleo aquí, sin la "experiencia canadiense", y así, estaba realmente agradecido con la oportunidad de poder ayudar. Fue a su vez, una ocasión para reconocerme mi esfuerzo, premiarme un poco.
Así que al iniciar la entrevista, pude sentir las gotas de sudor que se comenzaron a acumular en mi frente por los nervios traicioneros. Yo trataba de responder en el mejor inglés que pudiera (creo que me salió una extraña mezcla de acento canadiense-guatemalteco). Conforme avanzamos sin embargo, me fui sintiendo cada vez mas tranquilo. Recordé que el propósito era compartir y ayudar a otras personas en mi situación y eso me hizo sentir bien.
¿Cómo es el asunto? Andrew me hacía preguntas, yo las respondía lo mejor que pudiera. Luego paraba la grabadora, hablábamos un poco mas para encontrar nuevas ideas o para discutir del nuevo tema que trataríamos, y de vuelta a la entrevista. Había preguntas que me pedía repitiera en la respuesta (-Ah, así van a editar las respuestas después- pensé). Al final, todo el proceso demoró unos cuarenta minutos.
La entrevista se transmitió el miércoles pasado en la Early Edition de CBC Radio. El segmento incluye la entrevista telefónica que Andrew le hizo a Tom, mi mentor en el programa de Workplace Connections, para hablar de nuestras tareas juntos y su incidencia en mi historia. Me hubiera gustado escuchar a Sonia, mi host -amiga ahora- en el otro programa, el de Culture Connections.
Y al final de cuentas, esos cuarenta minutos se redujeron a tres o cuatro respuestas. Lo demás fue un diálogo entre el presentador y Andrew. Así que ni los clásicos quince minutos de fama tuve. Ni modo, así es el negocio en los medios. Pero igual creo que ahí está lo que yo quería compartir.
Luego de ese viernes, el miércoles siguiente tuve la oportunidad para presentarle al diverso público de Culture Connections las particularidades de nuestra celebración del Día de los Santos, incluyendo los barriletes de Sumpango y Santiago, los jinetes borrachos de Todos Santos y hasta un buen fiambre, preparado por el amigo Tono. Así que fue una semana de cosechar pequeños pero importantes triunfos. Y sobre todo, de seguir compartiendo. Los invito a escuchar la entrevista y sacar sus conclusiones: CBC Radio - Early Edition (Xin Yimin)
A lo mejor el oírme hablar de algún proyecto me va armando de seguridad para trabajar en ello; aparte que también puedo captar comentarios o ideas útiles. O puede que simplemente me vaya sintiendo comprometido conforme mas personas se enteran. Personalmente, prefiero pensar que es así como comienza a elevarse el nivel de esa energía positiva, energía mutua que me impulsa hacia adelante.
- Conozco a alguien que tiene una columna en la radio, relacionada con la experiencia de nuevos imigrantes. ¿Estás dispuesto a entrevistarte con él?
- Seguro, por qué no.- Acababa de comentarle a Alzira, coordinadora de uno de los programas en que participo, que había conseguido el empleo por el que había aplicado el viernes anterior.
Al principio no estaba seguro de a qué me estaba metiendo, pero aún así ¿Por qué no? Sobre todo que estaba exultante al haber alcanzado una meta que, sabía desde hace tiempo, no iba a ser tan fácil. Pensé que lo principal entonces era tener la oportunidad de compartir, que otras personas en mi situación conozcan los recursos que hay aquí a nuestra disposición. Que no pierdan la motivación en el proceso -se dice fácil, claro-. En fin, si de algo le servía a alguien, ahí estaba mi historia.
Pero también me interesaba como una experiencia nueva. Ser entrevistado en la radio. Guau! No todos los días se nos da la oportunidad y por supuesto, no iba a dejarla escapar.
Recibí la llamada la tarde en que me reuní con mi nueva amiga colombiana, a la que conocí en la entrevista de trabajo. Ella llegó a la ciudad hace solo un par de semanas y por supuesto que le ofrecí ayuda, con mucho gusto. Así como Carol y Andy lo hicieron conmigo. La ley del karma, transmitir bondad, sentir que se está haciendo una pequeña diferencia en la vida de alguien.
Decía que me contactó Andrew, de la CBC local, la Canadian Broadcast Corporation. Hmmm... Francamente no le escuché muy bien, pero quedamos en coordinarnos mas tarde. Al volver a casa, había recibido ya su mensaje. Quedamos para el día siguiente.
Nos reunimos en una sala de Mosaic, una de las agencias de apoyo al imigrante. Andrew es también un imigrante que vino de China hace unos 20 años, roza ahora los 60. Tiene un segmento en la radio (Xin Yimin, Nuevo migrante) en el que comparte con la audiencia distintas historias de personas que han migrado a Canadá. Lo primero que noté luego de saludarle fue la grabadora y el micrófono en sus manos.
Así que primero tuvimos una plática para explicarme el objetivo del programa, de la entrevista, y de conocer un poco de mi historia. Resulta que tengo una "historia exitosa" que vale la pena contar, así que aparte de la oportunidad de compartir, definitivamente me resultó halagador.
Sobre todo, considerando los días que pasé durante la búsqueda de empleo. Buscar empleo es difícil en cualquier parte. Y lo es más aún, en otro país que apenas conoces. Hay que abrirse camino con paciencia, tratando de conocer cada día mas las condiciones en las que se vive, dándose a conocer con cuanta gente se pueda, pues nadie lo conoce a uno. Y la experiencia profesional muchas veces ni la toman en cuenta.
Complicado, angustiante, intimidante. Zozobra, desasosiego, ansiedad. Miedo. Nadie quiere coleccionar palabras como esas. Mejor ni oírlas... Y sin embargo, muchas -o todas- describen algunos de mis días en los meses pasados. Impotencia. Confieso que ha sido un reto bastante duro. Y que sentí miedo, mucho miedo.
Creo que esas son las sombras de la migración. A pesar de que uno se trata de preparar, de manejar escenarios no tan positivos, escucha testimonios, etc.; uno la verdad espera que no vaya a ser ése su caso. Y es que después de pasar por tanto requisito en la Embajada, que la licenciatura, que los años de experiencia, los idiomas, los fondos para emigrar, etc., la expectativa es otra.
Entonces, estoy consciente de lo difícil que resulta conseguir empleo aquí, sin la "experiencia canadiense", y así, estaba realmente agradecido con la oportunidad de poder ayudar. Fue a su vez, una ocasión para reconocerme mi esfuerzo, premiarme un poco.
Así que al iniciar la entrevista, pude sentir las gotas de sudor que se comenzaron a acumular en mi frente por los nervios traicioneros. Yo trataba de responder en el mejor inglés que pudiera (creo que me salió una extraña mezcla de acento canadiense-guatemalteco). Conforme avanzamos sin embargo, me fui sintiendo cada vez mas tranquilo. Recordé que el propósito era compartir y ayudar a otras personas en mi situación y eso me hizo sentir bien.
¿Cómo es el asunto? Andrew me hacía preguntas, yo las respondía lo mejor que pudiera. Luego paraba la grabadora, hablábamos un poco mas para encontrar nuevas ideas o para discutir del nuevo tema que trataríamos, y de vuelta a la entrevista. Había preguntas que me pedía repitiera en la respuesta (-Ah, así van a editar las respuestas después- pensé). Al final, todo el proceso demoró unos cuarenta minutos.
La entrevista se transmitió el miércoles pasado en la Early Edition de CBC Radio. El segmento incluye la entrevista telefónica que Andrew le hizo a Tom, mi mentor en el programa de Workplace Connections, para hablar de nuestras tareas juntos y su incidencia en mi historia. Me hubiera gustado escuchar a Sonia, mi host -amiga ahora- en el otro programa, el de Culture Connections.
Y al final de cuentas, esos cuarenta minutos se redujeron a tres o cuatro respuestas. Lo demás fue un diálogo entre el presentador y Andrew. Así que ni los clásicos quince minutos de fama tuve. Ni modo, así es el negocio en los medios. Pero igual creo que ahí está lo que yo quería compartir.
Luego de ese viernes, el miércoles siguiente tuve la oportunidad para presentarle al diverso público de Culture Connections las particularidades de nuestra celebración del Día de los Santos, incluyendo los barriletes de Sumpango y Santiago, los jinetes borrachos de Todos Santos y hasta un buen fiambre, preparado por el amigo Tono. Así que fue una semana de cosechar pequeños pero importantes triunfos. Y sobre todo, de seguir compartiendo. Los invito a escuchar la entrevista y sacar sus conclusiones: CBC Radio - Early Edition (Xin Yimin)
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lunes, 8 de noviembre de 2010
Recomenzando
El viernes fue mi último día de descanso. Después de casi siete meses desde que dejé mi último trabajo en la "conchita", después de la despedida de mi familia, amigos y de mi país; del período de turista en Vancouver, el proceso de asimilación, de adaptación a tantas cosas nuevas y finalmente de iniciar la búsqueda formal de trabajo; llegó la hora de iniciar un nuevo ciclo...
Hoy vuelvo a la vida productiva, a la vida de empleado. Otra vez, una compañía multinacional. Otra vez, oportunidades de contactos interculturales -aunque siendo realistas eso se da en esta ciudad todos los días-. Pero ante todo comenzar a ganar la famosa "experiencia Canadiense", la pared con que uno se topa al venir aquí. Y de tener un ingreso. Es angustiante ver mes a mes, semana a semana cómo tus ahorros se van consumiendo, irremediablemente, como los granos de arena de un reloj implacable.
Así que estoy obviamente emocionado. Otra vez la rutina, el traslado al lugar de trabajo -serán 15 minutos en tren y otros 30 en bus-, la inducción, caras nuevas por todos lados, la jerarquía, los retos, las oportunidades. Es importante poder poner "el pie en la puerta", como aquí se dice, para darse a conocer, mostrar las capacidades propias y estar atento a las puertas que puedan abrirse.
Y hacerlo en un ambiente distinto, en otro idioma, conocer otra cultura organizacional, las pequeñas diferencias para manejar esos famosos "soft skills", etc. Me siento como imagino, estaría aquel niño de siete años, recién bañado, bien peinadito, con su camisa cuadriculada azul y blanco de la Chavarría, la escuelita del barrio, con su lonchera metálica de Los Muppets y con mucha emoción de conocer un mundo nuevo. Esa sensación inigualable de novedad.
¿Qué he aprendido en el camino? Mucho. Ha sido un ejercicio de aprendizaje constante. Principalmente, que había que salir del apartamento, participar en la sociedad, integrarse. Es difícil. Claro, uno se siente seguro y cómodo en su casa, viendo tele, en el internet, leyendo. En su zona de comfort. Así que había que esforzarse en dar ese primer paso. ¿De qué otra forma iba a conocer el lugar, las condiciones locales, el mercado laboral, la gente? Fue así como comenzó a moverse la rueda de mi vida canadiense.
Y así, buscando oportunidades, terminé participando en un programa de manejo de transiciones (3 semanas), uno de integración cultural para newcomers (3 meses, una vez por semana), el programa de búsqueda de empleo (2 semanas), el de mentorship (otra vez, 3 meses una vez por semana), aseguré ciertos fondos para certificaciones, asistí a 3 o 4 ferias de empleo (no fueron de mucho beneficio), y ya estaba registrado para participar en una empresa de "prácticas". Aparte, era un visitante constante en la Biblioteca Pública, leyendo libros relacionados con el tema, consiguiendo direcciones y referencias de empresas locales, etc.
Otro aspecto valioso, aparte claro de lo aprendido, ha sido conocer a tanta gente. A través de esas actividades he conocido tanta gente de orígenes tan disímiles. Chapines, Mexicanos, Colombianos, Argentinos, Brasileños, Japoneses, Chinos, Coreanos, Filipinos, Indios, Franceses, Rumanos, Rusos, Marroquies, Persas. Gente de todos los colores. Un fascinante viaje cultural sin dejar la ciudad. Y compartir con todos ellos lo que voy aprendiendo. Poder sentirse útil ayudando a otros con lo que tenía, el conocimiento.
Ahora que veo atrás, me doy cuenta que ha sido todo un proceso, en donde he aprendido mucho acerca de la ciudad, del mercado laboral, del mundo y sobretodo, acerca de mí mismo. Así que a caminar de nuevo, a recomenzar la vida. Y soy consciente de que apenas es el principio. Eso es lo mejor...
Hoy vuelvo a la vida productiva, a la vida de empleado. Otra vez, una compañía multinacional. Otra vez, oportunidades de contactos interculturales -aunque siendo realistas eso se da en esta ciudad todos los días-. Pero ante todo comenzar a ganar la famosa "experiencia Canadiense", la pared con que uno se topa al venir aquí. Y de tener un ingreso. Es angustiante ver mes a mes, semana a semana cómo tus ahorros se van consumiendo, irremediablemente, como los granos de arena de un reloj implacable.
Así que estoy obviamente emocionado. Otra vez la rutina, el traslado al lugar de trabajo -serán 15 minutos en tren y otros 30 en bus-, la inducción, caras nuevas por todos lados, la jerarquía, los retos, las oportunidades. Es importante poder poner "el pie en la puerta", como aquí se dice, para darse a conocer, mostrar las capacidades propias y estar atento a las puertas que puedan abrirse.
Y hacerlo en un ambiente distinto, en otro idioma, conocer otra cultura organizacional, las pequeñas diferencias para manejar esos famosos "soft skills", etc. Me siento como imagino, estaría aquel niño de siete años, recién bañado, bien peinadito, con su camisa cuadriculada azul y blanco de la Chavarría, la escuelita del barrio, con su lonchera metálica de Los Muppets y con mucha emoción de conocer un mundo nuevo. Esa sensación inigualable de novedad.
¿Qué he aprendido en el camino? Mucho. Ha sido un ejercicio de aprendizaje constante. Principalmente, que había que salir del apartamento, participar en la sociedad, integrarse. Es difícil. Claro, uno se siente seguro y cómodo en su casa, viendo tele, en el internet, leyendo. En su zona de comfort. Así que había que esforzarse en dar ese primer paso. ¿De qué otra forma iba a conocer el lugar, las condiciones locales, el mercado laboral, la gente? Fue así como comenzó a moverse la rueda de mi vida canadiense.
Y así, buscando oportunidades, terminé participando en un programa de manejo de transiciones (3 semanas), uno de integración cultural para newcomers (3 meses, una vez por semana), el programa de búsqueda de empleo (2 semanas), el de mentorship (otra vez, 3 meses una vez por semana), aseguré ciertos fondos para certificaciones, asistí a 3 o 4 ferias de empleo (no fueron de mucho beneficio), y ya estaba registrado para participar en una empresa de "prácticas". Aparte, era un visitante constante en la Biblioteca Pública, leyendo libros relacionados con el tema, consiguiendo direcciones y referencias de empresas locales, etc.
Otro aspecto valioso, aparte claro de lo aprendido, ha sido conocer a tanta gente. A través de esas actividades he conocido tanta gente de orígenes tan disímiles. Chapines, Mexicanos, Colombianos, Argentinos, Brasileños, Japoneses, Chinos, Coreanos, Filipinos, Indios, Franceses, Rumanos, Rusos, Marroquies, Persas. Gente de todos los colores. Un fascinante viaje cultural sin dejar la ciudad. Y compartir con todos ellos lo que voy aprendiendo. Poder sentirse útil ayudando a otros con lo que tenía, el conocimiento.
Ahora que veo atrás, me doy cuenta que ha sido todo un proceso, en donde he aprendido mucho acerca de la ciudad, del mercado laboral, del mundo y sobretodo, acerca de mí mismo. Así que a caminar de nuevo, a recomenzar la vida. Y soy consciente de que apenas es el principio. Eso es lo mejor...
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domingo, 17 de octubre de 2010
Conexiones
Ultimamente he estado bastante desconectado del blog. Creo que se debe al momento de introspección e incertidumbre por el que estoy pasando (naturalmente) en relación al proceso de búsqueda de trabajo. Talvez de los últimos pasos trascendentes para sentirme totalmente "colocado" aquí, en el que he ido padeciendo una lucha constante entre nuevas formas de pensar y hacer y mis paradigmas y "comodidades". Nada de que preocuparse: ya voy encaminado en el proceso.
Mientras tanto, continuando con la idea de compartir en este espacio -que es lo principal-, en estos días he leído de la documental de Banksy (famoso grafitero) que se estrenará a nivel mundial. Me gusta el trabajo del cuate (aunque por ahí especulan que a lo mejor sea un colectivo y no una persona) porque en mi opinión sabe manejar muy bien una expresión de fina (y a veces cruda) ironía por medio de imágenes. Para los que estén interesados, vale la pena visitar su website: http://www.banksy.co.uk/
Cuando leí del documental recordé también un poema de Cesare Pavese que compartí con los amigos de un curso de Sábato hace un año, en el que me pareció oportuno pegar uno de los grafiti de Banksy en la hoja que les dí. La referencia al poema lo habré leído en ElPeriódico y me recuerda a una amiga cuyos ojos verdes -siempre he tenido debilidad por los ojos claros- me tenían hechizado hace unos cuatro años. El tiempo vuela...
Conexiones tan casuales que me hacen recordar lo que decía otra amiga: Las casualidades no existen.
Pido disculpas porque como dicen aquí, hoy "my mind is all over the place", lo que ilustra bastante bien a lo que voy: a pesar de estar "desconectado" del blog, sí que he estado "conectado" con el tejido telaráñico de mi existencia. Estoy seguro que a todos nos ha pasado: pensamos en algo o soñamos con algo y luego sucede. No me refiero al sentimiento de deja-vu, cuando algo nos "parece" ya visto. Me refiero a tener la certeza de haber pensado en eso anteriormente.
Debe ser una de las ventajas de la mente desocupada: al parecer logra conectarnos con otros estadíos de la existencia. ¿Evidencias? Bueno, si tengo algunas. Otra vez, la desocupación me ha ayudado a registrarlas, cuándo no, en una hojita de Excel. Metódicamente. Al momento, llevo veinte registros durante el último mes. Cosas sencillas, claro; como pensar en alguien y ser contactado por esa persona al día siguiente, o enterarse de algo que le ha sucedido. O recordar una canción y ver algo relacionado después. Cosas así.
Medio en broma, le preguntaba a un amigo si habrá alguna forma de hacer dinero con esas conexiones. Valdría la pena averiguar... Pero ya en serio, me pregunto si habrá alguna forma de potenciarlas. ¿Alguien conoce alguna? Porque se comienza a tener una idea más tangible de la interrelación de todas las cosas, en grados que no siempre estamos conscientes de apreciar. De las muchas puertas que nos conectan al universo, a nosotros mismos y con cada persona. Una sensación de comunión, pues.
Bueno, basta de esoterismos por hoy. Para lo que valga y con quien sea que conectemos, aquí abrimos una puerta mas:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
-Cesare Pavese
Mientras tanto, continuando con la idea de compartir en este espacio -que es lo principal-, en estos días he leído de la documental de Banksy (famoso grafitero) que se estrenará a nivel mundial. Me gusta el trabajo del cuate (aunque por ahí especulan que a lo mejor sea un colectivo y no una persona) porque en mi opinión sabe manejar muy bien una expresión de fina (y a veces cruda) ironía por medio de imágenes. Para los que estén interesados, vale la pena visitar su website: http://www.banksy.co.uk/
Cuando leí del documental recordé también un poema de Cesare Pavese que compartí con los amigos de un curso de Sábato hace un año, en el que me pareció oportuno pegar uno de los grafiti de Banksy en la hoja que les dí. La referencia al poema lo habré leído en ElPeriódico y me recuerda a una amiga cuyos ojos verdes -siempre he tenido debilidad por los ojos claros- me tenían hechizado hace unos cuatro años. El tiempo vuela...
Conexiones tan casuales que me hacen recordar lo que decía otra amiga: Las casualidades no existen.
Pido disculpas porque como dicen aquí, hoy "my mind is all over the place", lo que ilustra bastante bien a lo que voy: a pesar de estar "desconectado" del blog, sí que he estado "conectado" con el tejido telaráñico de mi existencia. Estoy seguro que a todos nos ha pasado: pensamos en algo o soñamos con algo y luego sucede. No me refiero al sentimiento de deja-vu, cuando algo nos "parece" ya visto. Me refiero a tener la certeza de haber pensado en eso anteriormente.
Debe ser una de las ventajas de la mente desocupada: al parecer logra conectarnos con otros estadíos de la existencia. ¿Evidencias? Bueno, si tengo algunas. Otra vez, la desocupación me ha ayudado a registrarlas, cuándo no, en una hojita de Excel. Metódicamente. Al momento, llevo veinte registros durante el último mes. Cosas sencillas, claro; como pensar en alguien y ser contactado por esa persona al día siguiente, o enterarse de algo que le ha sucedido. O recordar una canción y ver algo relacionado después. Cosas así.
Medio en broma, le preguntaba a un amigo si habrá alguna forma de hacer dinero con esas conexiones. Valdría la pena averiguar... Pero ya en serio, me pregunto si habrá alguna forma de potenciarlas. ¿Alguien conoce alguna? Porque se comienza a tener una idea más tangible de la interrelación de todas las cosas, en grados que no siempre estamos conscientes de apreciar. De las muchas puertas que nos conectan al universo, a nosotros mismos y con cada persona. Una sensación de comunión, pues.
Bueno, basta de esoterismos por hoy. Para lo que valga y con quien sea que conectemos, aquí abrimos una puerta mas:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
-Cesare Pavese
- Banksy
domingo, 26 de septiembre de 2010
Caminando hacia el río
En medio de la noche, sueño que voy caminando. Descendiendo desde las montañas de la fe hasta llegar al profundo río. Debo estar buscando algo, es algo sagrado que perdí. Pero el río es tan ancho y difícil de atravesar...
Y aunque se que el río es ancho, yo camino cada noche y me detengo a sus orillas; intentando llegar al otro lado para así encontrar lo que he estado buscando.
En medio de la noche, voy caminando dormido a través del valle del miedo hacia el río más profundo.
He estado buscando algo que me fue quitado del alma. Algo que yo jamás perdería, algo que alguien me robó.
Y no se por qué camino siempre de noche, pero ahora estoy cansado y no quiero caminar mas. Sólo espero que no me tome el resto de mi vida el encontrar lo que he estado buscando.
En medio de la noche voy caminando dormido, a través de la jungla de la duda hacia el río tan profundo. Se que estoy buscando algo, algo tan indefinido; que solo puede ser visto por los ojos de los ciegos, en medio de la noche...
No se si habrá una vida después de esta, Dios sabe que nunca he sido un hombre espiritual; bautizado por el fuego, me meto en el río que corre hacia la tierra prometida.
En medio de la noche sueño que voy caminando a través del desierto de la verdad hasta llegar al profundo río. Todos terminamos en el mar, y todos comenzamos en los arroyos; todos somos llevados por el río de los sueños, en medio de la noche...
Traducción libre de esta excelente canción de Billy Joel a la que sólo agregaría: Y cada paso que doy, me acerca más a mi destino... C'est la vie.
I must be looking for something, something so undefined,
that it can only be seen by the eyes of the blind
in the middle of the night.
Y aunque se que el río es ancho, yo camino cada noche y me detengo a sus orillas; intentando llegar al otro lado para así encontrar lo que he estado buscando.
En medio de la noche, voy caminando dormido a través del valle del miedo hacia el río más profundo.
He estado buscando algo que me fue quitado del alma. Algo que yo jamás perdería, algo que alguien me robó.
Y no se por qué camino siempre de noche, pero ahora estoy cansado y no quiero caminar mas. Sólo espero que no me tome el resto de mi vida el encontrar lo que he estado buscando.
En medio de la noche voy caminando dormido, a través de la jungla de la duda hacia el río tan profundo. Se que estoy buscando algo, algo tan indefinido; que solo puede ser visto por los ojos de los ciegos, en medio de la noche...
No se si habrá una vida después de esta, Dios sabe que nunca he sido un hombre espiritual; bautizado por el fuego, me meto en el río que corre hacia la tierra prometida.
En medio de la noche sueño que voy caminando a través del desierto de la verdad hasta llegar al profundo río. Todos terminamos en el mar, y todos comenzamos en los arroyos; todos somos llevados por el río de los sueños, en medio de la noche...
Traducción libre de esta excelente canción de Billy Joel a la que sólo agregaría: Y cada paso que doy, me acerca más a mi destino... C'est la vie.
I must be looking for something, something so undefined,
that it can only be seen by the eyes of the blind
in the middle of the night.
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